SONATA OTOÑAL

“Cuando uno de los habitantes se detiene un instante a contemplar la naturaleza, ésta se convierte automáticamente en paisaje sin que ambos se den cuenta” Jean-Paul Sartre.

El Contemplador (casi siempre un artista) traduce en líneas y en colores esa sensación, de “compañía de soledad”, que está en todo paisaje y que hace que nos sintamos próximos a él. Porque el creador ha puesto la totalidad de su mundo interior sin olvidad ninguno de los matices.

Este sortilegio parece haber tocado muy de cerca a Martha Luc, en cuyas telas, sin una sola fisura, se hacen presencia esa realidad, en su forma de realidad espiritual, de algo que ha pasado de la abstracción conceptual a la materialización estética más madura.

Cuadros simples, tiernos, emocionantes: en estas virtudes casi domésticas reside su grandeza. El campo sorprendido en su intimidad, en el afán cotidiano de cumplir con su destino, en el reposo, en sus costumbres y en su esencia.

El silencio de un valle enmendecido, un patio o un galpón nostálgicos, una contristada esquina en La Paz, la pintoresca alegoría de “Don Sacos”, paz, ausencias, molles desprovistos de su follaje, casa y muros amortiguados entre los cuales parece ser siempre el otoño, como otoñal es su paleta que traduce a la perfección su estado de ánimo, junto con un diseño exacto, suave, sin afeites, con una tristeza bienhechora, estos cuadros sentimentales, brotados del corazón.

Martha Luc recorre así un camino en el que ha reemplazado las flores y los niños -pienso con deliberación– por un sentimiento dorado, que calma todos los males y suple todas las angustias, que todo lo completa con su presencia, y es –frágil, humilde pero segura de si misma y de su encanto- la poesía.


César Magrini
Escritor y Crítico de Arte